Sólo una vez…

No tienes ni idea de verdad, de como te transforma una tarde estúpida y tediosa en la que el cansancio te tiene hecho un trapo en una conversación a mil por horas más concentrada que todo el azahar de mi ciudad en primavera. No te haces una idea de la aplastante sinceridad con la que habla. No se equivoca en ni una frase y hasta cuando sentencia, la cobertura de su móvil se acojona. Tampoco te haces una imagen nítida de lo que puede llegar a valer la proyección de su mirada, y ya de sus ojos prefiero ni hablar… es guapa por convicciones y principios, ya ni siquiera me refiero al físico, porque como me refiera al físico tengo para aburrirte escribiendo. Tiene un nombre de la Esperanza, y sus rasgos no es que acojonen, es que imponen. Es una mezcla entre india, árabe y pantera. Han sido suficiente unos veinte minutos para sacar conclusiones certeras. Sabe lo que quiere por derecho, igual que ha sabido querer, déjala, no le insistas, es indomable y solo quiere estar bien, porque de palos sabe más que el que los inventó para venderlos para selfies. Sabe la medida justa e inconsciente entre compromiso y pasarlo bien, quiere vivir a compás, sin saber que cada día que pasa florece por momentos. Quizás no haya tenido tampoco un jardín de rosas en su vida en algún que otro aspecto, pero hasta con las espinas de sus tallos se hace un revuelto, y si hay que llorar, se llora, hasta que el cielo de África se entere. Ya no es por el contenido de su charla es por el modo en que levanta el ánimo incluso hablando de tristeza. Hazme caso, sabe de verdad lo que es el dolor precisamente porque ya no le duele casi nada, yo solamente la he visto una vez, y estaba centrado en otros menesteres que hoy por hoy me hacen sonreír; no va a ser la última, o por lo menos eso quiero pensar. La he visto en un par de fotos que para mi se quedan, me pongo a mirarlas hasta que la pantalla del teléfono se apaga y no tengo huevos de saber si me transmite más fuerza o ternura, tú no la has visto sonreír, ni en fotos ni en persona, y a mí nadie me quita ese gusto ya. Es como si el día más despejado y con más sol que recuerdes, se concentrase en su cara y el tiempo le hace una reverencia a modo de pausa. Tampoco nos separa tanto, solo unos quince kilómetros de agua y mil historias por descubrirle, pero imagínate lo que puede provocarte en una vida si solo con verla una vez provoca eso…

Francisco Bonilla Lozano.

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